Señoríos étnicos

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LOS SEÑORÍOS INDEPENDIENTES

Generalidades

Este período, que por sus especiales condicionantes se ha dado en llamar Período de Desarrollo Regional (500 a. C. - 800 d. C.) se caracteriza, por la formación de una serie de grupos culturales, que por su organización sociocultural, política y económica podemos denominar como «Jefaturas» o «Señoríos», en cada uno de los cuales, uno de los miembros más representativos de una gran familia, que le apoyaba en su consolidación de status en relación con los demás miembros del grupo, se elevó a un mayor rango, manteniendo a los demás individuos, dentro de su área de influencia, bajo su mando, controlando, asimismo, el proceso de redistribución de productos, y con ello todo el proceso económico de subsistencia y desarrollo del grupo.

Comparando los señores entre sí, hay elementos suficientes para señalar fronteras culturales porque tienen marcadas diferencias, pero también existen varios rasgos en común. Los linderos culturales que determina la arqueología a través de los vestigios materiales jamás permitirán hablar de fronteras exactas o formaciones de lo que los antropólogos, hoy en día, consideran «nacionalidades».

En las fases finales de Cerro Narrío temprano aparecieron elementos culturales característicos: pintura blanca sobre rojo, asientos de arcilla y puntas de proyectil de piedra tallada. En la base de todas las secuencias culturales del Desarrollo Regional costero, desde Bahía hasta la costa Norte peruana, aparece la decoración blanco sobre rojo y los asientos y compoteras gigantes de arcilla.

La variedad, en tamaño y forma, y la riqueza en motivos decorativos de los ejemplares de Cerro Narrío, sugiere que éstos fueron los antecedentes de los que aparecen en las fases Bahía, Guangala, Guayaquil y Jambelí de la Costa, que son similares pero no tan ricamente decorados.

Hay evidencias de actos de violencia en la costa, posiblemente utilizada por grupos serranos, con puntas de proyectil de horsteno tallado, que se localizan especialmente en los asentamientos Guangala más tempranos, teniéndose constancia de su presencia también en algunos yacimientos Bahía.

La influencia y la ocasional incidencia violenta de Cerro Narrío en la Costa al finalizar la hegemonía Chorrera fue, posiblemente, el resultado de las jefaturas regionales costeras, que trataban de controlar áreas mayores y aumentar su esfera de influencia en la red de tráfico a larga distancia que se centraba en el intercambio de la concha Spondylus. Los mercaderes de Cerro Narrío, que por tanto tiempo habían controlado el tráfico a larga distancia de este «bien preciado», aparentemente usaron la fuerza para mantener la reciprocidad con sus tradicionales asociados en el intercambio de Spondylus, quienes al tiempo estarían tratando de obtener una participación mayor en el proceso de redistribución de la preciada concha.

La presencia de Narrío en la costa durante esta época obedecería, entonces, a la necesidad de mantener la tradicional red de intercambio y el flujo hacia Perú de esta «insignia de la cosmología andina» que los quechuas llamaron «mullo».

Sin embargo, esta red de intercambio basada en el tráfico de Spondylus sirvió para crear la serie de jefaturas que se conocen bajo el genérico de Desarrollos Regionales. La fase La Tolita aparece como una manifestación de la gente que controlaba las cuencas del río Santiago, en Esmeraldas y del Patía en Colombia. La gente de la fase Tiaone y Atacames temprano se encontraba ocupando la boca del río Esmeraldas y el río Atacames. La sociedad que conocemos como Jama-Coaque controlaba el área que cubre las cuencas de los ríos Quinindé y Esmeraldas y las de Cojimíes y Jama en Manabí, entrando hasta la sección norteña de la cuenca del Guayas. La cultura Bahía controlaba los valles del río Chone y río Portoviejo en Manabí central, extendiendo su influencia a los pequeños valles costeños del Sur de Manabí y Norte del Guayas, así como manteniendo una interacción bien estrecha con sus variantes culturales conocidas como Tejar, Río Daule y Guayaquil. En la planicie costera de la cordillera Chongón-Colonche, hacia el Pacífico, floreció la cultura Guangala. Por su parte, el Golfo de Guayaquil, la isla de La Puná y la Provincia de El Oro, y la costa Norte peruana estaban bajo el control de lo que en Ecuador conocemos como la fase Jambelí.

¿Qué produjo la diferenciación cerámica entre estas jefaturas del período de Desarrollos Regionales?

En realidad, la aparente gran diversidad es patente solamente en la decoración y tratamiento de superficies de la cerámica, mientras que las formas de las vasijas utilitarias y ceremoniales, y los vasos y botellas escultóricas son parecidos a través de todas las manifestaciones costeras de este período. Las figurillas, generalmente, se parecen; la diferencia se encuentra en el vestido y ornamentación de las mismas.

Todas las Jefaturas costeras de la época accedían a la red de intercambio marítimo a larga distancia a fin de obtener la preciada bivalva tropical, el Spondylus, de su hábitat natural, a lo largo de la costa del Pacífico.

Lo que pudo distinguir a estos grupos, aparte de la distinta modalidad de decoración y vestimenta, pudo ser la adopción de algunos de los dioses de los grupos con los que intercambiaban el Spondylus en el Norte.

Tolita, Tiaone, Jama-Coaque, adoptaron decoraciones de influencia mesoamericana, como el Huehueteotl (el viejo dios del fuego), tema omnipresente en La Tolita, o el Tlaloc, sumamente representado en Jama-Coaque.

Además, las influencias Bahía aparecen en el Golfo de México, en Veracruz, en donde traficantes mayas probablemente establecieron contactos con navegantes Bahía a través del istmo de Panamá. La cerámica Guangala muestra rasgos que sugieren una interacción muy cercana con Costa Rica y Guatemala, un área que, aparentemente, había estado en contacto con la costa del Guayas desde la fase Engoroy. Las culturas de la cuenca del Guayas muestran gran similitud con Bahía y Cerro Narrío medio, indicando que el tráfico entre la Sierra Sur y Manabí continuó a través de la cuenca del Guayas.

El clima alterno de lluvias y sequía no permite que en el Ecuador, salvo muy contadas excepciones, se conserven los materiales orgánicos como la cestería, la madera o los textiles. En este último caso, su existencia sólo puede deducirse por las improntas que dejaron en la cerámica cuando todavía estaba fresca y que demuestran un amplio conocimiento de las técnicas textiles. Otro elemento como los torteros o fusayolas, para el hilado, así como la vestimenta documentada en las estatuillas, también permiten asegurar que el tejido era una actividad de importancia económica y ceremonial, pues es evidente que el rango de los personajes está representado en la complejidad de su atuendo personal. La metalistería llega a su apogeo, destacándose el área de La Tolita y de Jama-Coaque, en donde existieron talleres especializados. Lo más llamativo es el haber logrado combinar el platino con el oro mediante una «sintetización» o «aglutinación», venciendo así la enorme diferencia entre el punto de fusión de ambos metales.

De los tiempos del Desarrollo Regional encontramos sorprendentes vestigios de cómo el hombre dominó y controló la naturaleza mediante la construcción de albarradas, terrazas y camellones para acumular agua como reserva para la época de estío, aprovechar las lluvias tenues de las alturas durante la sequía en el caso costeño, o evitar la erosión y dotar de canales de irrigación a las pendientes en el caso serrano, o para poner en uso los terrenos susceptibles de inundaciones y controlar las heladas.

Los estudios arqueológicos de la Sierra, para este período, se han dificultado considerablemente por las erupciones volcánicas que se han producido durante milenios, que, por lo demás, impidieron la existencia de asentamientos humanos prolongados.

A diferencia de la Costa, que tiene numerosos recursos alimenticios, algunos autorrenovables, la ecología de la Sierra impuso una fuerte restricción al sustento del hombre, limitándolo a la explotación de la tierra, ya que del pastoreo no existen evidencias definitivas, al menos para este momento. Consecuentemente, cada familia, o grupo de familias, se vieron obligados a vivir en, o muy cerca de su parcela, lo que explicaría por qué, hasta la fecha, no conocemos vestigios de urbanismo, salvo en contadísimas excepciones, durante el Desarrollo Regional.

La alfarería serrana evidencia una elevada tecnología, por ejemplo, la cerámica Panzaleo es llamativa por la extremada finura de sus paredes (2 mm) a pesar del considerable diámetro (hasta 60 cm) de sus vasijas globulares y por la minuciosidad en ciertos diseños negativos. Tuncahuán, por su parte, se impone por la notable creatividad de las decoraciones ejecutadas en negativo con sobrepintura roja. El cuerpo cerámico utilitario no difiere, morfológicamente, del festivo o ceremonial; el elemento diagnóstico de lo ritual radica, precisamente, en la riqueza cromática de las piezas. Si bien las tradiciones Panzaleo y Tuncahuán se originan en el Desarrollo Regional, su apogeo, tanto desde el punto de vista artístico como socioeconómico pertenece, más bien, al siguiente período, el Período de Integración.

En la Sierra Norte y Norcentral, la falta de datos provenientes de excavaciones científicas pertinentes a este período nos deja prácticamente con un cuadro en blanco.

Sin embargo, se vislumbran contactos con la costa en Cotocollao y en el valle de los Chillos, al Sudeste de Quito. Influencias amazónicas y costeras se evidencian en las provincias de Cotopaxi y Tungurahua. En Chimborazo hallamos la cultura Tuncahuán, y en Cañar, Azuay y Loja, la Cultura Narrío medio está presente.

A continuación vamos a presentar los rasgos más característicos de algunas de las culturas más representativas de este período de los desarrollos regionales.


Cultura Tolita - Tumaco

El significado de esta cultura es todavía de difícil interpretación. Su influencia se extiende por la costa Sur de Colombia y la parte Norte de la provincia de Esmeraldas.

El yacimiento más conocido, La Tolita, en Esmeraldas, situado en un islote en la desembocadura del río Santiago, ha sido saqueado durante siglos, inundando los museos con colecciones de figuritas cerámicas y objetos de oro, que si bien hablan de la gran capacidad artística de estas gentes, dejan grandes incógnitas acerca de otros aspectos de su desarrollo cultural, como es el de la construcción y finalidad de las grandes «tolas» o montículos que le son característicos. En la actualidad se están llevando a cabo las primeras excavaciones sistemáticas, sin que todavía se tengan publicaciones definitivas.

Las actuales excavaciones han obtenido fechas desde el comienzo de la era hasta aproximadamente 500 años después para este período clásico. Su fase final (Tolita tardío) se corresponde con la fase Tiaone, en la desembocadura del Esmeraldas, con la que comparte gran cantidad de rasgos.

Las cerámicas de La Tolita muestran influencias tanto de las formas peruanas (vasos dobles, doble pico, etc.) como de las mesoamericanas (trípodes, copas, incensarios), y son famosas por la diversidad de sus modelados zoo-antropomorfos y el barroquismo de sus decoraciones incisas o pintadas.

Es necesario hacer mención especial de las abundantísimas figuritas cerámicas, en las que se encuentran, por un lado, representaciones de escenas de la vida diaria y de animales del entorno, de carácter naturalista, y por otro -las más difundidas- personajes exentos, de diversos status, principalmente mujeres, vistas de frente, de tocado característico, luciendo deformación craneana, y con un faldellín cubriendo su sexo; con menos frecuencia aparecen figuras ejecutadas en otros materiales como el hueso.

Otra importante faceta de esta cultura es la metalurgia, en la que destaca el uso del platino, que no se conoció en Europa hasta el siglo XVIII, precisamente transmitido desde esta zona por Antonio de Ulloa. Sus trabajos en oro y plata son de gran perfección técnica y artística, singularmente en la ejecución de máscaras y pequeños adornos.

En los trabajos con estos materiales se encuentran conexiones claras con culturas peruanas, como son Moche y Vicús, que también destacaron en su habilidad y técnica orfebre.


Cultura Tiaone

La Cultura Tiaone, contemporánea de La Tolita, se extiende por la cuenca del río Tiaone y las orillas del bajo Esmeraldas, correspondiendo sus asentamientos con una adaptación al bosque tropical, con asentamientos preferenciales a orillas de los ríos y poblamiento disperso.

Cultivaban parcelas de regular tamaño con técnica de roza y régimen rotatorio para obtener cosechas de maíz, algodón y tubérculos (yuca, principalmente), quizás compatibles con huertos de rendimiento permanente en las orillas de los ríos. Caza, pesca y recolección eran también procedimientos complementarios de la dieta, si bien la proximidad a las playas no tuvo influencia decisiva sobre las estrategias de explotación del medio.

El yacimiento tipo en el que nos basamos es el de La Propicia, localizado en la desembocadura del río Tiaone en el Esmeraldas. La mayor cantidad de evidencias materiales con las que contamos se refiere a la industria cerámica, en cuyo material se fabricaron vasijas, figurillas, silbatos, máscaras, ralladores, fichas, discos perforados, chaquiras, pintaderas, torteros, etc. La cerámica de La Propicia es, en general, de buena factura, paredes relativamente finas, buenas arcillas y regular cocción; de formas variadas, en las que la decoración es generalmente pintada, predominando el rojo y presentando algunos casos de modelado; son frecuentes las vasijas engobadas, siendo variadas las formas, entre las que hay una cierta proporción de polípodos.


Cultura Bahía

Dentro de las culturas que, durante este período, se están desarrollando en la costa ecuatoriana, la Cultura Bahía destaca por su carácter preurbano, rasgo que anuncia a sus sucesores, los famosos manteños.

Se extiende desde el río Chone y Bahía de Caráquez hasta la frontera con la provincia del Guayas. Cerca de la Manta actual se encuentra el sitio de Los Esteros, con numerosos montículos construidos superponiendo plataformas de muros reforzados con piedras y rampas o escalinatas de acceso. Víctor Emilio Estrada, el primero que estudió este yacimiento, opina que encima de las plataformas de mayor tamaño se localizarían grandes casas comunales o templos, lo que parece ser corroborado por representaciones de éstas en cerámica.

En la cercana isla de La Plata debió de existir un santuario Bahía, tal y como se puede desprender de los hallazgos arqueológicos, que muestran la ausencia de cerámica doméstica u otros restos de habitación, así como grandes acumulaciones de figurillas fragmentadas.

Las características generales de la cerámica Bahía también son diferentes de las de las culturas más al Norte. Hay formas nuevas, como la copa de base alta, y, junto a la pintura iridiscente y negativa -herencia Chorrera- , un uso generalizado de la pintura poscocción, que les da una mayor policromía. Las figuras cerámicas, que son igualmente abundantes, están fabricadas a molde, llamando la atención las del tipo «Gigante», de 50 a 60 cm de altura.

Todas estas figurillas muestran una gran complicación en su vestimenta y adornos, lo que hace pensar en una sociedad estratificada.


Cultura Guangala

Esta cultura, que continúa la tradición Chorrera, se desarrolla en una de las zonas más desérticas del Ecuador y, quizás, debido a estas condiciones ambientales desfavorables no se observa el grado de urbanismo de Bahía, estableciéndose la población con un patrón de aldeas dispersas.

Parece una cultura bien adaptada, cuyas bases de subsistencia se encontraban en el mar y la agricultura. Sus yacimientos aparecen por la costa ecuatoriana, singularizándose por la fabricación de instrumentos líticos de caza y por el destacado nivel tecnológico de sus cerámicas. Las formas de éstas son más sencillas que las Chorrera, pero continúan su perfección técnica. La decoración es pintura blanca sobre rojo, rojo anaranjado sobre ante, bruñido y negativo.


Cultura Negativo del Carchi

Hasta el momento, las culturas de la sierra, como la que ahora presentamos, han recibido mucha menor atención que las de la costa por parte de la investigación arqueológica. En consecuencia, tenemos mucha menos información, y la que tenemos se encuentra fragmentada en un sinfín de culturas o fases que parecen referirse a un mismo tipo de evidencia: un pueblo, o pueblos, que decoran sus vasijas cerámicas con dibujos en negativo sobre el engobe del fondo. Por esta razón, el nombre de Negativo del Carchi puede abarcarlos a todos, al menos hasta que se desarrollen trabajos de investigación más en profundidad.

En el altiplano del Sur de Colombia y del Norte del Ecuador, área en la que se desarrolla esta manifestación cultural, la economía es predominantemente agrícola, siendo un excelente complemento la caza en los bosques fríos.

La excesiva pluviosidad llevó a la población a asentarse en zonas elevadas y a preparar sus campos de cultivo con el sistema de camellones.

Existía una estratificación social, tal y como se deduce de sus enterramientos, los cuales son el aspecto más conocido de esta cultura.

Las tumbas son tumbas de pozo y tumbas de cámara. El pozo, cilíndrico, podía llegar hasta los 20 metros de profundidad y la cámara ser una o varias, pudiendo estar conectadas por pasadizos, bien entre ellas, o bien con las de otros conjuntos. Este tipo de entierros es común en la zona serrana de Colombia, con la que la unen muy estrechos lazos.

En cerámica, las copas de base tronco-cónica alta y los cuencos de base anular son las formas preferidas para plasmar los diseños negativos. También son muy populares las figurillas cerámicas, entre las que destaca un «pensador» sentado en un banquillo y masticando coca.

Muy relacionada con esta cultura y sin que estén todavía muy establecidos los límites entre ambas, se encuentra más al Sur y hacia el Oriente la Cultura Panzaleo-Cosanga.


Cultura Tuncahuán

Más al Sur aún, en la cuenca de Riobamba, está el área de difusión de esta cultura, que es portadora de un estilo cerámico de gran difusión y que lleva el mismo nombre.

Las formas más típicas son las compo-teras, copas de base anular tronco-cónica, y las jarras alargadas de fondo apuntado. La decoración es negra pintada en negativo, acompañada del rojo y el blanco, siendo los motivos decorativos geométricos simples y simétricos.


Cultura Atacames

Más o menos coincidiendo con la pérdida de importancia y abandono de La Tolita (350 d. C.), en el resto de Esmeraldas se observa un fuerte cambio con respecto a la situación de siglos anteriores. A partir de esta fecha de abandono, existe un vacío de información para la costa ecuatoriana al Norte del río Esmeraldas.

Sin embargo, al sur del citado río, comienza a adquirir personalidad propia, con sus principales fechas en torno al 700 d. C., la Cultura Atacames, apreciándose un importante cambio en el patrón de asentamiento de toda la zona.

El yacimiento de Atacames, aunque se encuentra destruido por la población actual, la potenciación turística y las labores agrícolas en más de sus dos terceras partes, evidencia un crecimiento rápido de la población en función de nuevas estrategias adaptativas.

Sus habitantes, en esta fase temprana del sitio, se distribuían en una serie de plazas contiguas de manera lineal, enmarcadas éstas por las «tolas» en las que se localizaban las viviendas a lo largo de, al menos, dos kilómetros de costa, haciendo uso abundante de los recursos marinos.

Tanto la tecnología cerámica como los motivos decorativos cambian bruscamente, observándose un cierto descuido en la elaboración, que contrasta con la variedad de formas, la mayor parte de ellas con connotaciones netamente funcionales. La decoración está constituida básicamente por diseños geométricos rojos sobre un ligero engobe crema. Por otra parte, es de señalar que las figurillas pierden el protagonismo que tenían en La Tolita o en Tiaone, por hablar de sus áreas más próximas.

De una manera general se observa una mayor relación de Atacames con las culturas de la costa Sur, aparentando ser, en estos momentos, el punto costero más norteño al que llegan coletazos de los cambios producidos en la zona central andina. En el Sur de Manabí, la cultura Bahía evoluciona hacia un mayor urbanismo y anuncia lo que será la posterior cultura Manteña. En esta misma provincia, más al Norte, entre Bahía y Atacames, encontramos la cultura Jama-Coaque, conocida fundamentalmente por colecciones de museos, y en cuyos asentamientos se están llevando a cabo excavaciones, sin que, por el momento, se pueda determinar en qué grado podrían, o no, conformarse como una sola con la de Atacames.


LAS JEFATURAS DESARROLLADAS Y EL ORIGEN DEL ESTADO

Generalidades

Al finalizar el Desarrollo Regional, se produjo un cambio general en el estilo cerámico de la costa. Los rojos encendidos se opacaron, los grises fueron reemplazados por el negro bruñido y la sobriedad en las expresiones artísticas que caracterizarían a las jefaturas integradas de nuestro posclásico empezó a aparecer. Es lo que conocemos como el Período de Integración, que abarcaría desde el 700 d. C. hasta la llegada de los Incas al Sur, en 1480, o hasta la llegada y asentamiento de los españoles, en 1533.

Ciertos jefes comenzaron a ejercer su autoridad sobre grupos distantes y de esta manera las jefaturas regionales integraron vastas regiones bajo su control. Los mercaderes-navegantes de la costa formaron una liga o confederación para el intercambio a larga distancia, la que al momento del contacto con los españoles estaba bajo el comando del señor de Salango, al Sur de la provincia de Manabí.

En esa época los españoles se encontraron con poblaciones costeras de más de 30.000 habitantes, con flotas de canoas y balsas capaces de navegar grandes distancias. Las fuentes etnohistóricas para el litoral son escasas, pero destaca el relato de Bartolomé Ruiz, piloto de Francisco Pizarro que, en 1526, capturó una de estas balsas oceánicas de los Manteños. Su detallada descripción del botín de esa embarcación es un verdadero manifiesto de carga que revela el alto desarrollo de ese grupo, pues se trataba, evidentemente, de una nave de mercaderes. Un relato posterior (1575?) menciona el tráfico entre Chincha (Perú) y Portoviejo (Manabí). Otras fuentes escritas, además de la evidencia arqueológica, particularmente la difusión de la tecnología metalúrgica, confirman que el tráfico se extendía a lo largo de la costa del Pacífico hasta las regiones Mesoamericanas.

Varios documentos etnohistóricos corroboran la existencia de una organización de mercaderes, llamados «mindalaes», en la región norte interandina. Igualmente, a lo largo de todo el Ecuador, hay indicaciones de un activo intercambio entre Costa, Sierra y Oriente. Estos mindalaes articularon, en cierta medida, las relaciones interétnicas de los diversos grupos de los actuales territorios de Ecuador, Norte-Centro de Perú y Sur-Centro de Colombia, siguiendo antiguas rutas comerciales, a través de las cuales llegaron a las diferentes regiones productos exóticos, procedentes de la Costa, la Sierra, el Oriente, e incluso de territorios más alejados como Chile, Guatemala, México, etc.

Los jefes de esta confederación vivían en la opulencia y decadencia del Otomán. Los manteños tenían una corte de jóvenes «efebos», enjoyados, para satisfacer las fantasías homófilas de los señores principales, y Tumbal, el régulo endiosado de la Puná, tenía un harén resguardado por eunucos, completamente emasculados y desfigurados para asegurar la fidelidad de sus concubinas.

El Período de Integración está marcado por el empleo de una ingente mano de obra para la construcción de montículos artificiales (tolas) que, en este momento, tuvieron varias funciones simultáneas: bases de las viviendas de los señores gobernantes o «caciques», plataformas de centros ceremoniales y cementerios. Una tradición arquitectónica singular existe en territorio Manteño, con una ciudad formada por más de 300 edificios con cimientos de piedra y paredes de adobe.

Todo ello nos lleva a hablar de que en este período se ha producido un cambio hacia la monumentalidad y los grandes proyectos, que implicaban mover ingentes cantidades de tierra, piedras y otros materiales.

La estratificación social había llegado a un nivel tal, que verdaderos ejércitos de trabajadores servían a sus señores en lo que fue prácticamente una radical modificación del paisaje. Cientos, hasta miles de personas, fueron puestas a trabajar en la construcción de grandes tolas, haciendo canales de drenaje y embarcando los terrenos anegadizos para incorporarlos a la producción. En los valles, grandes plataformas de piedra y terrazas de cultivo se construyeron para sustentar a centros ceremoniales y aprovechar la garúa, en los cultivos de ladera, de las cordilleras costeras. Una fuerza de trabajo semiesclavizada llevaba adelante estas obras públicas, y la gran cantidad de piedras de honda y rompecabezas que se encuentran nos habla de una fuerza guerrera regular.

En los valles costeños, los señores, régulos-chamanes, hicieron construir los centros ceremoniales de montículos y templos, plazas, postes heráldicos de bellas maderas incorruptibles, estelas de piedra y cementerios en donde se enterraba a la gente principal, en grandes tumbas de pozo con cámara. Las prácticas funerarias fueron similares a través del área en este tiempo, y las diferencias aparentes obedecieron principalmente a razones ecológicas. Las tolas de enterramientos de la cuenca del Guayas y la planicie esmeraldeña fueron concebidas como colinas artificiales en las que, en algunos casos y zonas, se construyeron tumbas de pozo con cámara, al colocar una serie de urnas desfondadas que formaban el pozo sobre una urna de gran tamaño en la que se colocaban cadáver y ofrendas, conformando la cámara.

Tolas y otras obras de tierra de este período se encuentran a través de todo el Ecuador. Los campos elevados y camellones se construyeron no sólo en la costa, sino también al Noroeste del lago San Pablo y otros sitios de la Sierra y del Oriente.

Varios complejos de montículos han sido hallados en esa región, incluyendo el de Santay, excavado por Porras. Sin embargo, poco es lo que conocemos de las culturas que edificaron los montículos en el Oriente.

La Sierra Norte del Ecuador es famosa por los grandes sitios, con pirámides de toba volcánica (cangahua), como el gran centro de Cochasquí, al Norte de Quito, en el que destacan, junto a las grandes pirámides con rampa de acceso y cúspide truncada (en las que se observa la existencia de huellas de las estructuras que las coronan, así como restos de «canales» y marcas que nos hablan de posibles observaciones y anotaciones astronómicas), la gran cantidad de montículos habitacionales en la parte baja de la ladera en la que se asienta este gran conjunto ceremonial.

Esmeraldas, la provincia norteña de la costa del Ecuador, comparte con Colombia un sistema fluvial rico en oro. Durante el período de desarrollo regional floreció el complejo Tolita-Tumaco. La explotación de los variados recursos fluviales, en especial el oro y el platino, continuó a través del Período de Integración, y los descendientes de estas gentes son quizás los Cayapas, que aún viven en la región.

Más al Sur de la provincia de Esmeraldas, el grupo Atacameño, grandes agricultores, controlaban los territorios ocupados por la cultura Tiaone y cultura Jama-Coaque en la fase anterior.

Sin embargo, Atacames propiamente, estaba ocupado por un enclave manteño controlado por el señor de Salango. Los navegantes y chamanes-mercaderes manteños, que propiciaban sus andanzas con sacrificios humanos y la caza de cabezas, tenían un centro metropolitano en el Sur de Manabí, en el área comprendida entre los pueblos de Puerto Cayo y Ayampe. La capital estaba formada por una serie de complejos urbanos, cuyas ruinas se pueden todavía ver en la zona de Agua Blanca, Puerto López y Salango. Esta gente controlaba la mayoría de los puertos marítimos del Ecuador prehispánico, de Atacames al Norte y, con toda probabilidad, hasta la Puntilla de Santa Elena al Sur.

En la planicie costera, controlando los mismos valles que fueron habitados durante el período anterior por la cultura Bahía, vivieron los Huancavilca. La cultura Huancavilca a veces llegó hasta la costa marítima desde Ayampe hasta San Pablo, al Norte de la Península de Santa Elena y al Sur de ésta, los huancavilca ocuparon los valles de Chanduy a Posorja en el Golfo de Guayaquil, y cruzaron la cordillera costera para ocupar la vertiente occidental del río Daule, en la cuenca del Guayas.

En la boca del Golfo de Guayaquil, como un tapón y controlando el acceso a éste, se encuentra la isla de la Puná. «Primos» de los manteños, huancavilca y tumbesinos, los puneños eran navegantes, mercaderes y corsarios, y despreciaban a otros grupos, especialmente a los que explotaban el manglar y el estuario del río Guayas.

Estas gentes, llamados chonos, vivían bordeando el Golfo y río arriba por el río Guayas hasta el área donde se encuentra Guayaquil. En la provincia de El Oro, los chonos ocupaban el manglar del Jambelí y los tumbesinos el Sur de esa provincia y el extremo Norte de la costa del Perú.

Que los manteños, huancavilcas, puneños y tumbesinos formaron una liga de mercaderes, como lo había sugerido el notable arqueólogo ecuatoriano Jacinto Jijón y Caamaño, es un hecho indudable. A través de esta área existieron grupos de especialistas que se dedicaron a la manufactura de tejidos, plumería y artefactos de cobre, plata y oro; colectaban piedras semipreciosas y elaboraban fina artesanía de conchas. Todo esto se hacía principalmente para intercambiar con el Norte el preciado spondylus, el cual les permitía obtener coca, cobre nativo, turquesas, lapislázuli y otras materias primas y elementos manufacturados de Perú y Chile.

En la cuenca del río Guayas, al Este del río Daule, los Milagro-Quevedo administraban las tierras agrícolas de mayor importancia en la costa pacífica de Sudamérica. Los señores de esta área no solamente supieron orquestar el uso de la mano de obra semiesclavizada a niveles de gran productividad a través de un sofisticado programa de ingeniería hidráulica, sino que también promovieron las expresiones artísticas, tanto en metalurgia como en textiles, excelentemente decorados con la técnica de urdimbres anudadas (técnica Icat). Ambos son rasgos compartidos entre Milagro-Quevedo y Cañari, lo que indica una continuada interacción entre los dos grupos.

Los Cañaris (Cultura Cañari) controlaban durante este período las mismas tierras que en épocas anteriores habían sido ocupadas por la gente que dejó la huella de su existencia en Cultura Cerro Narrío. La cultura Capulí, cultura Tusa y cultura Piertal controlaban entonces la Sierra Norte del Ecuador y se extendían al departamento de Nariño, en Colombia. Estos grupos parecen haber tenido una influencia norteña, aunque en Capulí encontramos rasgos típicos de las tierras bajas, tales como la masticación de coca y los «bancos de chamán». Esta influencia amazónica ha sido demostrada, afectando a la cultura Panzaleo, que cubrió los territorios de las provincias de Tungurahua, Cotopaxi y Sur de Pichincha, cuya cerámica en decoración y formas tiene una temática explícitamente selvática. Los figurines se encuentran sentados en «bancos de chamán» y el jaguar reina como elemento supremo entre los animales representados.

Entre las gentes que poblaron la provincia de Carchi y los Panzaleo existió un grupo que muchos autores han llamado Cara, que construyeron complejos ceremoniales - administrativos, compuestos de grandes pirámides construidas en bloques de toba volcánica o cangahua, a cuya cúspide se accedía por descomunales rampas. Los Caras controlaban la provincia de Imbabura y Norte de Pichincha. Su centro principal era Cayambe, pero el centro regional mejor conservado es el de Cochasquí, que aparentemente controlaba el valle de Guayllabamba.

Los Caras fueron los últimos en resistir el avance de los incas en el Ecuador y después de una fiera y tenaz lucha se derrumbaron, permitiendo su avance hasta el Sur de Colombia. Los grupos que habitaban la provincia de Chimborazo posiblemente continuaron siendo una de las principales avenidas de contacto entre la costa y la sierra. De las culturas serranas en el Período de Integración, Carchi, Caras, Panzaleo y Puruhá formaron sociedades no muy bien estructuradas a nivel de jefaturas locales, las que posiblemente se unían en confederaciones en su área cultural, en respuesta a estímulos externos, como serían el resistir el embate guerrero de otros pueblos. Ese no fue el caso de los Cañari, porque si analizamos la historia de la conquista Cañar por el Inca, solamente una bien estructurada Jefatura regional, desarrollada casi hasta los niveles de Estado, es posible dadas las características de la sociedad Cañari.

A lo largo del texto hemos empleado la terminología al uso hasta el momento, integrando a los distintos grupos sociales del Período de Integración ecuatoriano dentro del modelo de las Jefaturas. Sin embargo, en los últimos años se han venido desarrollando trabajos que critican esta postura, como parcial y restrictiva, planteando la necesidad de un marco sociocultural más amplio para este momento, en el que varios grupos que poblaban el Ecuador habían desarrollado modelos sociales, políticos y económicos propios ya de un Estado pleno y no de una Jefatura, con lo que de restrictivo conlleva el término.

Vamos a presentar a continuación algunas de las culturas más representativas de este período.

Cultura Atacames - Balao

La Cultura Atacames-Balao, en la zona Sur de la provincia de Esmeraldas, se muestra como una pervivencia de la Cultura Atacames, descrita en el Período anterior. Sus dos yacimientos más significativos en el área son: en primer lugar, Atacames, junto al sitio epónimo, hábitat que se ha convertido en un gran centro poblacional y que fue conocido por los españoles; en segundo lugar estaría Balao, localizado en torno a la desembocadura del estero del mismo nombre, pocos kilómetros arriba de la ciudad de Esmeraldas siguiendo la línea de playa, con un poblamiento disperso ocupado en la pesca, el marisqueo y la agricultura de subsistencia. La preparación de productos marinos para su conservación (salazones, ahumados, etc.) debió tener una gran importancia.

Habría que hacer notar que para estas fechas se observan ciertos cambios, los cuales parecen estar indicando que los pueblos de esta zona tienen establecidos fuertes contactos de carácter comercial con los grupos manteños y participan de la red de intercambio organizada en torno a las demandas incaicas de spondylus.

La población crece, asentándose en núcleos semiurbanos en la costa y de forma dispersa en el interior. La planificación del núcleo principal, Atacames, cambia, y el registro arqueológico muestra un gran descuido en la elaboración de las cerámicas, que son ahora más toscas y gruesas. El instrumento por excelencia es el tortero o fusayola, muy abundante, evidenciando la creciente importancia de los tejidos, propia de este período. Por otra parte, la base agrícola es el maíz, para cuyo procesamiento aparecen los grandes metates.

La famosa balsa localizada por Bartolomé Ruiz, procedente de Salango, se dirigía hacia Atacames con intención de obtener spondylus.

A juzgar por el registro arqueológico, los habitantes de Atacames y los pueblos vecinos entregaban las conchas del preciado molusco sin ninguna elaboración, proceso que se llevaría a cabo en las costas de Salango, como evidencian las enormes acumulaciones producto de esta actividad allí localizadas.


Cultura Manteña

Con el nombre de Cultura Manteña nos referimos, arqueológicamente hablando, a los restos materiales de los diferentes pueblos que habitaron la costa de Manabí, desde Bahía de Caráquez hasta el Golfo de Guayaquil, y que los cronistas identificaron como Paches, Huancavilcas, Punáes y Tumbecinos; todos ellos reputados marineros y comerciantes. Algunos autores proponen considerarlos como una «macroetnia», dado que, en unas ocasiones parecen tener independencia política y, en otras, las evidencias sugieren una cierta integración, como es el caso de la arqueología de la región.

La cerámica manteña es sumamente característica. En el Norte es de color negro o grisáceo y lleva un pulido brillante; las decoraciones más frecuentes son incisiones geométricas realizadas antes de la cocción. Las ánforas de cuerpo fusiforme, base anular y gollete con decoración plástica, normalmente una cara humana o de felino, así como las compoteras altas -a veces de más de 60 centímetros- , son las formas más difundidas. También los incensarios, con representaciones humanas en bulto redondo y base campaniforme, son altamente representativos.

Al Sur, la única variación que se aprecia es el colorido, rojizo en vez del negro-gris norteño, resultado de un proceso diferente de cocción. También en cerámica encontramos pitos, ocarinas y multitud de torteros.

En piedra tenemos estelas, hachas ceremoniales y, sobre todo, unas originales sillas, con el asiento en forma de U, en un zócalo tallado en forma de tigre. En metal hay tiaras, coronas, patenas y aretes en cobre y plata.

Por toda la costa aparecen restos de núcleos de población planificados, siendo los más conocidos Manta y Salango. El Señorío de Salangone debió controlar el comercio con el Sur, pero las marineras balsas manteñas recorrían la costa, desde México al Sur del Perú, con fines comerciales.


Cultura Milagro - Quevedo

La cultura arqueológica de Milagro-Quevedo se identifica con la «macroetnia» de los Chonos, conjunto de pueblos que habitaban las fértiles tierras de la cuenca del río Guayas. El papel de éstos, grandes productores agrícolas, tuvo que ser relevante en la red de intercambios dentro del área Andina Septentrional, no pudiendo quedar minimizada.

La agricultura, que se practicaba en todo el área desde el Período Formativo, se intensifica notablemente gracias a los campos elevados y los camellones, aumentando en gran medida su producción. El tipo de asentamiento que el cuidado de estos campos requería, o quizás la falta de suficientes reconocimientos arqueológicos, no han permitido la localización de grandes concentraciones de población.

Sin embargo, tenemos la constancia de que una de las características más representativas de este grupo y momento es la construcción de grandes tolas (montículos artificiales) para la localización de viviendas.

La cerámica, de menor importancia que entre otros grupos, es monocroma y con decoración incisa. Las formas más típicas son los platos (de base plana), cuencos, ollas trípodes y grandes vasijas para almacenamiento / enterramiento. Más conocidas son las ollas y platos trípodes con decoración plástica de sapos, culebras y otras alimañas, lo que le ha valido el calificativo de «cocina de brujos».

En los yacimientos de esta cultura aparecen también -con mucha frecuencia- unas «hachas moneda» de cobre martilleado.


CULTURAS DE LA SIERRA DEL ECUADOR. LA ETNOHISTORIA

Las culturas de la Sierra del Ecuador jugaron un importante papel dentro del Imperio Inca -el Tahuantinsuyu- , existiendo numerosas fuentes documentales para su estudio, tanto las referidas a la conquista incaica como las referentes al área ecuatoriana en concreto.

Las más tempranas fuentes españolas, desde la crónica de la conquista del Perú, de Francisco de Xerez (1534), hacen referencia al territorio ecuatoriano como el reino de Quito, señalándolo como la frontera extrema septentrional del imperio incaico. Sus moradores naturales sufrieron el impacto de la conquista inca, viéndose su cultura tradicional sometida a nuevas influencias que, a pesar de haberse implantado apenas 40 ó 50 años antes de la nueva oleada de conquistadores españoles, modificaron sustancialmente sus comportamientos socioculturales y, por supuesto, todos sus modelos de organización política.

Aunque el jesuita Juan de Velasco divulgó en el siglo XVIII una historia de todos los pueblos preincaicos del Ecuador, basada en tradiciones orales conservadas hasta su época, sus datos parecen no resistir la crítica sustentada en una abundante, aunque fragmentaria, documentación colonial. Hasta tal punto es confusa, que resulta difícil establecer con certeza el nombre de las etnias asentadas en el área de lo que fue después el importante asentamiento que en la historia oral de los incas se denominó Quito.

En el Norte, a ambos lados de la frontera ecuato-colombiana, vivían los Pastos y los Quillancingas, con una metalurgia muy relacionada con la del Valle del Cauca, e identificados arqueológicamente por los complejos cerámicos de la cultura Calpulí, cultura Piartal, Cultura Tuza y Cultura Cuasmal.

Los Caras ocupan parte de Imbabura y Pichincha, hacia el Norte y Oriente de Quito, integrando diferentes señoríos o unidades políticas, cuya mención confusa y ambigua en las primeras crónicas hace difícil la exacta delimitación de los respectivos territorios e, incluso, de algunos de sus principales emplazamientos.

Los Carangues, en Imbabura, han dejado importantes restos arqueológicos de densos poblados, con construcciones de pirámides con rampas de acceso y montículos habitacionales, como es el caso, ya citado, de Cochasquí.

Más al Sur, en la región de Cañar, Cuenca y Jubones, se asentaba la etnia Cañari, asociada a la cerámica Cashaloma y Tacalshapa. El sitio arqueológico más importante es Ingapirca, con zonas de vivienda para la elite, que edificarían sus casas sobre grandes plataformas ovales, y construcciones de carácter ceremonial, Pilaloma, a las cuales se añadirían más tarde los edificios correspondientes a un centro administrativo provincial del imperio incaico.

A partir de los testimonios que en las probanzas de sus linajes y méritos presentaron sus descendientes ante la Corona española para ser reconocido su antiguo rango, se deduce que los señores de Carangue y los Otavalo ostentaban el título genérico Ango, y los de Cayambe el título genérico Puento. Entre ellos, como entre los señores étnicos de Quito, parece advertirse la existencia de un tipo de relaciones basadas en alianzas y en el respeto mutuo de una práctica común a todos ellos: la de aprovechar recursos estratégicos existentes en los diferentes ambientes ecológicos que explotaban en asentamientos temporales a partir del establecimiento de verdaderas colonias multiétnicas.

Los condicionamientos ecológicos no propician la aparición de hábitats en grandes concentraciones, sino en núcleos pequeños, denominados en quechua llatja, de los que los mayores, verdaderos centros nucleares de cada señorío, eran los que se organizaban alrededor de la casa del cacique. El resto eran pequeños asentamientos dispersos, que no responden a una falta de organización de sus comunidades, sino a una equilibrada relación entre las tierras de cultivo, las viviendas y los pequeños centros rituales que servían como nexo de unión, junto con el centro nuclear, entre todas ellas.

Cada una de las comunidades menores, el «ayllu» en quechua, de 50 ó 100 familias, estaba sujeta a un cacique o señor al que reconocían como gobernante y al que pagaban tributo.

Existía una jerarquización del poder que la documentación colonial matiza: el Cacique principal y los «principales» de las comunidades. Las bases en que se sustentaba el poder de los Señores radicaban, en buena medida, en el hecho de que recibían tributo de sus sujetos, pero, sobre todo, en el carácter poligínico de sus familias, no sólo porque las mujeres producían riqueza, sino porque al proceder muchas de ellas de otros grupos o señoríos garantizaban la eficacia de las alianzas que se establecían entre los Caciques, lo que permitía el libre intercambio de bienes y productos para atender a las necesidades suntuarias o de mera subsistencia de comunidades que no eran totalmente autosuficientes.

La documentación colonial confirma que esta tradición de establecer relaciones matrimoniales intercacicales se mantuvo durante los siglos XVI y XVII, y nos informa sobre la existencia de esa jerarquización social y la centralización administrativa y política, legitimadas ideológica y económicamente en la recta sucesión de los cacicazgos, aún después de haber desaparecido como tales unidades políticas.

De esta forma, se pudo mantener el respeto por ese modo de explotación compartida de los recursos por parte de colonias multiétnicas. En la región de los Caras, la figura de los mindalaes supuso un medio de relación económica regular.

Tampoco faltaron las alianzas militares, surgidas ante la necesidad de una defensa común por el peligro de agresiones exteriores.

Esto pudo representar el surgimiento, en determinado momento, del liderazgo de uno de los caciques sobre los demás y la posibilidad de que se avanzara en el proceso de constitución de unidades políticas de mayor entidad, origen del Estado.

Resulta indudable que en los últimos años del siglo XV, y para enfrentarse al empuje de la expansión inca, el liderazgo de todos los caciques de la zona lo sustentaba el Puento de Cayambe, que supo aglutinar las fuerzas defensivas de todos los grupos de la región para hacer frente, en una guerra que duró 10 años, a los ejércitos incaicos.

En el año 1583, don Hierónimo Puento, como cacique principal del pueblo de Cayambe, presentó una probanza en cuyo interrogatorio se incluye, en una de sus preguntas, la afirmación de que sus abuelos Maxacota Puento y su padre Quiambia Puento «antes y después que los incas los subjetaren, sus pasados e ellos fueron señores e mandaban los pueblos de Cayambe, Cochisque e Otavalo y sustentaron la guerra contra los incas tiempo de diez años poco más o menos, sin ayuda de otros naturales, e impedido, los dichos pasaron a la conquista y así fueron muertos y vencidos los dichos caciques de Cayambe».

La respuesta afirmativa de los testigos presentados parece otorgar al señorío de Cayambe la categoría de organización política hegemónica de la región. Esta apreciación, aunque real, es matizable, porque sin duda, también los Angos de Otavalo ejercieron un fuerte control en las relaciones interétnicas con sus grupos vecinos, que reanudaron inmediatamente después de la desintegración del Tahuantinsuyu, con la subsiguiente liberación del dominio incaico.

En todo caso, no queda ninguna duda sobre la homogeneidad cultural de la región de Otavalo-Cayambe, y de la decidida oposición que sus habitantes ofrecieron a su conquista por los incas hacia el año 1490.

La capacidad defensiva de los pueblos Caras queda puesta de manifiesto no sólo en las referencias documentales, sino en la existencia de un eficaz sistema de construcciones fortificadas o pucarás, que aunque fueron reconstruidas o reutilizadas por los incas para asentar sus dominios en la zona después de la sangrienta lucha con la confederación cayambe - caranque - otavalo, cumplieron una indudable función militar en tiempos preincaicos.

En el siglo XV, la capacidad demográfica de las sociedades locales preincaicas ha sido estimada de unos 50.000 a 100.000 habitantes, que no pudieron impedir, a pesar de su tenaz resistencia, el verse sometidos a la dominación cuzqueña.

A continuación vamos a detenernos en algunas características de uno de los grupos más representativos y más poderosos del mundo ecuatoriano preincaico, que pervivieron a su conquista y a la de los españoles, llegándonos de ellos, a través de la Etnohistoria, gran cantidad de información, los Cañaris.

Los Cañaris

En la hoya de Cañar, al Sur del nudo de Azuay, tuvo su hábitat un grupo étnico cuyas referencias en las crónicas andinas están siempre asociadas a su conquista por los incas, y en la documentación colonial a su consideración privilegiada en la sociedad cuzqueña del siglo XVI, como reconocimiento al notable apoyo que prestaron a los españoles en los momentos iniciales de su asentamiento en la antigua capital del Tahuantinsuyu, en la que ellos mismos estaban ya establecidos desde mucho tiempo atrás. Habían llegado, trasladados desde su tierra de origen, como consecuencia de la política colonizadora de los incas, que tras la ocupación del territorio cañar los habían convertido en un grupo privilegiado al que el propio Huayna-Cápac había confiado su guardia personal.

Es indudable que su idioma originario no fue el quechua, que fue rápidamente olvidado a raíz de la conquista española para volver al uso de la lengua propia. Cuando en el año 1593 se celebró el primer Sínodo Diocesano del Obispado de Quito, uno de los capítulos de sus resoluciones aconsejaba la elaboración de catecismos de Doctrina Cristiana en las lenguas indígenas que todavía se hablaban en la diócesis. El de la lengua cañar y puruhá se encomendaba al presbítero Gabriel de Minaya como experto en ellas, aunque no sabemos si llegó a escribir estos catecismos, puesto que no son conocidos.

El lingüista Antonio Tovar se inclinaba a inscribir la lengua cañar en el tronco del grupo yunca costero, pero relacionándola con la puruhá, sin descartar el posible origen de ambas en la gran familia macrochibcha.

No obstante, los pueblos meridionales del Ecuador, y entre ellos el Cañar, parecen haber recibido desde un tiempo muy anterior a la expansión inca -el influjo de cuya cultura se extendió con notable intensidad en todo su ámbito geográfico- el impacto de la tradición tiahuanacota que se advierte en los vestigios arqueológicos de lugares que fueron importantes centros ceremoniales y cuya toponimia está recogida en tradiciones todavía vivas en el siglo XVI.

Es cierto que el centro más importante del pueblo cañar tomó el nombre quechua de Tumibamba o Tomebamba, y que éste constituyó la referencia más frecuente a todo lo que en las crónicas del siglo XVI se consigna sobre él. Sin embargo, tampoco hay ninguna duda de que Tomebamba se hizo sobre las bases de una ocupación Cañar muy anterior, a cuyo valor estratégico se unía el de su prestigio religioso.

Nada se sabe con certeza del nombre de la Tomebamba preincaica, salvo las referencias muy imprecisas a las tradiciones antiguas que recogieron después algunos cronistas, y entre las que no figura la de Gaupdondélic, mencionada en un documento colonial de 1582. Según Sarmiento de Gamboa (1573), estaba asentada al pie de un cerro llamado Guasano, que para el clérigo Cristóbal de Molina (1575) era Huacayñán. Ambos autores señalan este cerro como el lugar mítico del origen de los Cañaris, en el cual encontraron un refugio seguro contra el diluvio porque su altura se elevaba a medida que subía el nivel de las aguas.

Un mito semejante a éste explica, también, el origen de los pueblos selváticos ecuatorianos de la región de Mainas. El erudito ecuatoriano Federico González Suárez encontraba la confirmación de este mito cañar en el hallazgo, cerca del pueblo de Azogues, en un sitio denominado Huapán, de un suntuoso enterramiento en el que se habían depositado como ofrendas gran cantidad de pequeñas hachas de cobre, con grabados representando culebras y guacamayas, que son elementos presentes en el texto recogido por Cristóbal de Molina.

Una confirmación más explícita a la toponimia cañar y al prestigio religioso y mítico del primitivo asentamiento de la Tomebamba preincaica nos los brinda otro clérigo, Cristóbal de Albornoz, que en 1580 elaboraba una relación de los más importantes adoratorios de los indígenas andinos. En la provincia de los cañaris menciona tres de ellos: «Guasaynán, un cerro muy alto de donde dicen proceder todos los cañares y donde dicen huyeron del diluvio y otras supersticiones que tienen en el mismo cerro; cerro Puna, que es un cerro alto de piedra que asimismo dicen creció en tiempos del diluvio; y Molleturo, guaca muy principal de los indios cañares, es un cerro muy grande donde tuvo Topa Inga Yupanqui muchas sumas de guacas de muchos nombres».

Respecto de la toponimia Guasano o Guasaynán, todavía en el siglo XVIII subsistía el pequeño pueblo de Guasunto, situado en los 20º 13' de latitud austral, a orillas de un río del mismo nombre que lo toma de una nación de indios, según se dice, de terreno muy fértil y que produce muchos frutos en las haciendas del castillo del Inca, Sincayac y Savañac.

La hacienda del castillo del Inca es el sitio de Ingapirca, en Hatun Cañar, edificada en un cerro, contrafuerte de la cordillera de Huairapungo, que separa los valles de Cañar y de Cuenca, situado a 20º 33' de latitud Sur. Fue uno de los lugares sagrados de los cañaris, reutilizado por los incas, que edificaron en él uno de los más importantes conjuntos arquitectónicos de finalidad religiosa que pudo contener en su interior una importante huaca de origen. En uno de sus recintos, considerado como centro habitacional anejo al templo, se han encontrado restos cerámicos de una antigüedad que oscila entre el 920 y el 1.040 d. C., lo que indica su existencia y su importancia en la cultura local cañar.

A escasa distancia de este sitio se encuentran los restos de otro conjunto llamado Pomallacta, que resulta aventurado, aunque sugerente, identificar con el cerro Puna, que según la tradición popular, conservada en el siglo XVIII, tenía una comunicación subterránea con Ingapirca. Pomallacta, mencionada por el cronista Cabello Balboa como presidio militar incaico, estaba asentada en los términos de los Guasuntos.

Finalmente, Molleturo, la huaca principal de los cañaris, mantuvo su nombre para designar a un pueblo próximo a la cuenca colonial, la Tomebamba de los incas, en cuyas cercanías se encontró a mediados del siglo pasado, en el asiento de Chordeleg, situado en el valle de Gualaceo, una verdadera necrópolis, en cuyos sepulcros se habían enterrado ricos objetos, de indudable finalidad ritual, como ofrendas o adornos de los cuerpos de personajes que, sin duda, poseían un alto status.

Los cañaris, a juzgar por la persistencia de sus tradiciones y por las referencias a sus guerras con los incas, habían alcanzado, en su prolongado asentamiento en la región Sudecuatoriana, un notable nivel de desarrollo sociocultural, y su organización política debió ser comparable a la de sus vecinos norteños. Una confederación de sus cacicazgos pudo surgir para oponerse al empuje de los ejércitos incaicos. El cronista Cabello Balboa consigna los nombres de tres de estos caciques, que después de haber sido sometidos por Tupac Ynga Yupanqui intentaron rebelarse contra él: Pisac Cápac, Cañar Cápac y Chica Cápac, que tras ser derrotados sufrieron grandes castigos, obligándoles a colaborar en la construcción de una fortaleza.

Su cultura tradicional fue la propia de pueblos agricultores que desarrollaron un fuerte espíritu belicoso, porque como guerreros son mencionados en las crónicas y como hábiles cultivadores de la tierra fueron trasladados muchos de ellos hasta la región cuzqueña. Entre los cultígenos se encontraban: maíz, patata, calabaza, ají, yuca, etc. La abundancia de caza y pesca, en los ríos, proporcionaba un magnífico complemento a la dieta.

Las faenas agrícolas corrían a cargo, fundamentalmente, de las mujeres, mientras que los hombres se ocupaban en sus continuas guerras, que tenían también como finalidad conseguir aquellos productos de los que carecían, como la sal y el algodón.

Los poblados constituían unidades de hábitat de diferente extensión, con viviendas dispuestas alrededor de la casa del cacique. La abundancia de madera en toda la región determinó un tipo de arquitectura en la que la piedra sólo fue utilizada con profusión tras la conquista inca.

Las casas se construían con troncos de árboles y adobes de barro, cubiertas de paja. La del cacique de planta cuadrada, grande, con un patio delantero, y las de los miembros comunes, circulares y de pequeñas proporciones, lo que parece indicar una estructura familiar monógama, con reconocimiento de vínculos de parentesco.

FUENTE: http://www.paisdeleyenda.com/historia/ecuadorpreh2.htm

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